Junto al Río Arcos, en el piedemonte de la Sierra de Javalambre, se extiende esta población conocida por las truchas asalmonadas que se crían en su piscifactoría y las explotaciones salineras.
Algunos puntos interesantes pueden observarse a lo largo del valle, como los Ojos del río de Arcos, las piscifactorías que jalonan el valle y numerosas fuentes.
La vegetación, especialmente los pinares, recubren las laderas de estos relieves.
La salinidad de estos materiales permite la existencia de salinas, que fueron explotadas desde antiguo en las inmediaciones de la población.
El primer hábitat humano conocido en este término es de época ibérica y se sitúa en la margen derecha del río Arcos, en el Cabezo de la Herrería.
De época medieval se conserva un antiguo portal, el de la Catarra, por el que se accedía a la población.
En el perfil de esta población destaca, sobresaliendo por encima del caserío, la silueta de la iglesia de la Inmaculada, declarada Bien de Interés Cultural. La iglesia fue incendiada y quedó casi arruinada durante las guerras carlistas en el siglo XIX, tras lo cual hubo que reacondicionarla.

 

 

 

 

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